miércoles, 28 de diciembre de 2011

Las manos


La vida secreta de las manos. La vida secreta de las manos, el lenguaje secreto de las manos. La lengua secreta de las manos. La increíble vida secreta de las manos. La nunca antes verificada vida interior de las manos. Bah, el espíritu de las manos. La increíble vida de las manos. El extraño mundo de las manos. El extenso mundo. El mundo según las manos, bah. El agua derramada, la masa, el rasguño, el bebé, las manos de otro y sobre todo el aire, la vida secreta de las manos.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Ming




En casa de mis padres sirvió un chino. Cómo llegó a México y a esa casa, no sé, en su momento me parecía tan natural como las sirvientas que lo precedieron y sucedieron; todas mujeres y oriundas de rancherías cercanas a mi pueblo.

¿Dónde pongo la cubeta, señora? , preguntó por la tarde de su primer día de trabajo en la casa, ¿la subo? No, contestó sin más mi madre, con lo cual supe que el chino iba ya a enterarse con quién trataba. ¿La guardo en el cuarto de atrás? No, no la guardes. ¿La saco? ¿La llevo al patio? No, no la lleves al patio. ¿La lleno de agua, trapeo de vuelta? No, ya es suficiente. ¿La tiro a la basura? No. ¿La lleno de ropa con jabón a remojar? No, no laves ropa ahí. ¿Le pongo una penca y la lleno de tierra? No, no le plantes nada. ¿La pinto de verde y le pego un pico? No. ¿Le quito una pata a esta mesa y la suplo con ella? No. ¿La pateo? No. ¿La pongo boca abajo, me siento en ella? No. ¿Le pongo un nombre, la llevo a bautizar? No. ¿Le amarro un lazo y la llevo de pesca? No. ¿La cuelgo en la regadera? No. ¿La pongo a marinar? No. ¿Se la obsequio a la vecina? No. ¿Le hago el amor, me caso con ella? No. ¿La dejo aquí mismo? No, no la dejes.

Fueron unos tres años, no particularmente felices ni tristes, ni más aburridos que los demás, hasta que un día se rompió el asa de la cubeta y el chino se fue. Quiero decir: supongo que se habrá roto la cubeta, pero no lo sé.

sábado, 22 de octubre de 2011

Dirección, tracción




Por algún tiempo viví en un 157. Un segundo piso y las escaleras ya eran parte de mi casa. Era la tercera casa que habitaba en el mismo barrio, y esas distancias cortas entre las tres provocaban un coitus interruptus con la idea de mudanza. Prefería pensar que había trazado los primeros tres movimientos de un camino en verdad largo. Llegué a mudarme de hemisferio, sí, pero vuelvo y vuelvo al pueblo de los primeros dieciocho años. Qué física, qué geometría puede haber en mudarme tres veces al barrio en donde deseé vivir mientras crecí en este pueblo, San Juan del I can't get no satisfaction, San Juan del fetiche espacial. - Información inútil, información sin sentido, informes aquí -. Ahí te habrías quedado a vivir conmigo, por ahí rentaban una casa y me dijiste una tienda y me buscaste la cara, y yo te puse la cara de no quiero seguir viviendo aquí. Ahí sigue el espejo en que te vi lavar mis manos lastimadas de malamente bailar, vi tu cara de no regreso.  Ya no debe importar que otro olvide lo que yo recuerdo, cuando se trata de ese barrio, lo recuerdo tan claramente que soy todo lo que recuerdo, así nadie más lo haya mirado ni sepa cómo es.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Western


Hoy he rodeado a un policía. Cansada, regreso a mi banca. Regreso a mi banca como un Pirro, habiendo gastado un ángulo más de mi derecho a andar sola sin que nadie se pregunte lo que hago ni  a dónde voy.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Error número


Te acusé de tener miedo. Me dijiste te equivocas, no te tengo miedo, no tengo ni soy nada de todo eso que dices.
Me equivoco, sí, me equivoco totalmente cuando trato de explicar lo que no entiendo, es verdad. Me equivoco neciamente en defensa del error, y generosa, para esto mis errores sirven como cualquier otro. Me equivoco en soledad todos los días, últimamente, a las seis de la mañana, en general. Y también comúnmente, pues coincido con otros, me equivoco por gusto, sintomáticamente. Me equivoco a consciencia, plena de ignorancia y entonces frenética y ansiosa de poder. También me equivoqué en absoluto silencio, y me equivoco aún, tratando de salir de aquel error. Me equivoco, tal vez, al olvidar errores que sobrevuelan mis pasos pasados y presentes. Pretendo equivocarme democráticamente, y me aferro a la ignorancia que, no sé si es un error, reconozco la mayor fuente de mis equivocaciones. Para mi gusto me equivoco exageradamente al caer en tentación de vivir con mis errores en la punta de la lengua. A ese error, le llamo eventual tartamudeo. Mis recuerdos son equívocos, no del todo, y son equivocadamente fieles. Cuando quiero equivocarme me equivoco. Y al escribir esto, me parece que no suficientemente me equivoco. Me equivoco inequívocamente cuando se trata de ti. No sé ordenar mis errores a tu respecto. Me equivoco con maestría, por lo menos, por lo tanto y por si fuera poco. No encuentro el camino para repetir en carne equívocos deliciosos que ocurren en mi mente, es cierto, no tan casualmente en este caso: me equivoco.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Cabañuelas


Recuerdo mi primera casa. El olor de la cantera después de llover se mezclaba con el de tabaco, impregnado en las escaleras del edificio, y entraba con mi padre a las tres de la tarde (no sé cómo hacía mi madre para que el olor no se fijara dentro). Él tomaba el acordeón y tocaba una canción, lo guardaba en su caja, venía a la mesa, pedía tortillas y nos contaba historias. Parecía feliz. Cuando tenía problemas, nosotros lo sabíamos. Mi hermano y los desperfectos de su peinado a esa hora. Mi madre y su inconformidad con las cortinas de la cocina. La perra blanca. La perra negra. El perico que murió tragado por el gato de la amiga gorda y rubia de mi hermano. Yo y tantas cosas del día que sospechaba tortuosas e innecesarias. La reflex abandonada. Los coches nuevos usados. La construcción de la nueva casa que todos cuidamos. El jardín y el árbol, que nunca creció: un tabachín, regalo del mejor amigo de mi padre. El nuevo tabachín que creció pero nunca dio flores, que sigue ahí. Mi maldecir, esta nunca fue mi casa, yo nunca he vivido aquí. Los amigos a quienes confesé porqué había decidido odiar esa casa. Lo hermosa que es. Los vitrales de mi madre y las pinturas de Restituto. Los ensayos con mi hermano y las escaleras de caracol. Las cartas que tiré. Las fotos que tiré. Los recuerdos accidentados de los que ahora está llena y las cartas llenas de dibujos que nunca tuve porqué tirar. Mis cuatro diarios. Mi hermano mirándome desde la escalera. Mirándonos, a mi novio y a mí. Mis amigos. Mi cumpleaños. Mi primer gato. Las hermanas de cabello castaño que me llevaron al gato en una canasta guinda, forrada de una tela beige con estampado de cerezas. Yo me quería ir. Me iba a la casa de mi amiga, donde su madre me hablaba de su familia y de sus fantasmas. Subíamos a la azotea y hablábamos de irnos de San Juan. Ella se fue primero. Luego Rafael. Luego terminó la prepa y me fui a casa de mi abuela. Cuando llegué a casa de mi abuela ella ya no cocinaba. Le decía piezas a las recámaras. Tenía la suya repleta con imágenes de santos y fotos de mis primos y mis tíos. Y esas carpetas de ganchillo que nunca dejó de hacer. Y las violetas. Le gustaba reírse de lo que yo le contaba. Me gustó acostumbrarme al olor de esa recámara. Me tardé más de una semana en extrañarla. En las escaleras del patio. Mi hermano y yo fuimos juntos a ponernos un arete en la ceja, a media cuadra de esa casa. También había una peluquería vieja. Tendría dos o tres clientes. El peluquero tenía colgados los periódicos donde anunciaban pastorelas en las que había actuado cincuenta o sesenta años atrás. Yo me habría hecho cortar el pelo por él. Mi primer sueldo. Mi primer aguinaldo. Me teñía el pelo. Cantaba por teléfono. Las torres gemelas. Antes y después de las torres. Demasiadas mudanzas. Regresé a San Juan a vivír con mis padres en aquella casa. Me fui de San Juan. Recuerdo mi primera casa.

sábado, 20 de agosto de 2011

Más



En Japón se mira el blanco y no lo negro. Se diseñan los espacios vacíos y no sus límites. Nosotros nos perdemos de Japón y miramos formarse sin sentido el espacio entre nosotros. Aquí hablamos. Sumimos una mano y recargamos la cabeza. Aquí flotan dibujos de nuestra versión más aséptica y perfecta.

domingo, 14 de agosto de 2011

El niño perdido


Era una vez un niño que vivía en un lugar inexistente. Este niño hizo una cita con un hombre que sabía cuánto tiempo había pasado desde que ese lugar dejó de existir. Se dice que el hombre lo buscó en la hora acordada.
Era una vez, a la una de la tarde, hora de Buenos Aires, Argentina, cuando yo tomaba una clase de argumentación temprana en un salón del quinto piso de la facultad de filosofía y la profesora se detuvo; dejó de hablar, se quedó mirando las ventanas frente a ella, detrás nuestro. Entonces voltee, era de noche, completamente noche. Alguien prendió un laser color verde y lo lanzó desde su ventana. Dicen que la profesora dijo que el cielo de Mendoza se pone así de oscuro antes de granizar. Y cayeron granizos de diez centímetros de diámetro. Una de mis compañeras de clase había dejado su carro en la calle, y la profesora le recomendó no salir: “Ahora salís y las playas de aparcamiento están llenas de gente”.  Y los que andaban en motocicleta. Y el niño perdido.

martes, 26 de julio de 2011

Reptiles


No soy una persona tímida. El día que se conocieron, él vio cómo ella golpeaba en la cara a un hombre que la tomó de la cintura y se la puso encima. No soy una persona tímida. Y se abrió la blusa. Él se arrastró hasta ella. Al recordar esto, lamentaría no haber sabido saltar. Pensó que habría saltado si el hambre le hubiera venido antes. De haber afilado los nervios con todos los odios que ahogó en el pasado. De haber esperado al menos un año o dos. Si tan solo hubiera tenido tiempo para masticarse la sangre con la mirada y para arrancarse los secretos y aventarlos al mundo por una ventana. No quedaría nada. Ventanas rotas de risa. Grietas por donde se colaría el eco de las carcajadas, de los gemidos, de los propios nombres dichos de espaldas y a los ojos. Habrían amanecido pareciéndose al día en que se conocieron.

Le dijo: no soy una persona tímida. Se abrió la blusa. Y él deseó haber deseado saltar por la ventana.

martes, 19 de julio de 2011

Voz


La distancia entre dos hombros son dos hombros, dos horas de nado en la obscuridad, un arco trazado con la vista, una corta sensación de ahogo  y un trago dulce de saliva.

lunes, 11 de julio de 2011

Ojos de boca de cañón de pistola,


y detrás de él, la calle. Frente a la calle, yo. Un poco de frío, un empujón sin nombre. Pero inercia. Valor. Tal vez sólo yo sonrío entre sueños. Sonrío entre sueños, pero eso no importa. Ojos de boca de cañón de pistola. Boca de sonrío, puerta de cañón, calle de siempre un número: dos.

sábado, 25 de junio de 2011

Matrañas


Las ideas de mi madre son recuerdos que no puedo evitar, son la materia prima de mis culpas y de mis enfermedades. Las ideas que mi madre me enseñó sin gritar, las ideas que ella tomó y reformuló de su madre, están ahí cuando no tengo valor para decidir, están ahí todo el tiempo. Aquí estoy comentando a quien no me ha preguntado nada: mi madre, mi madre, mi madre. Aca está mi madre pensando en mí con todo el arte del que está hecha: "como si te hubieras ido a un monasterio, hija".

jueves, 16 de junio de 2011

El perro y el pájaro


Me siento como si nunca me hubieran gustado los colibríes. Podría jurarlo con una mano en el corazón, y nadie sabría que miento. Nadie también conmigo. Es decir, sin mí. Los colibríes qué son. Ayer los vieron y alguien vino a decírselo al que bebía una cerveza conmigo. Y el que bebía conmigo replicó que yo también los vi, que los veo a cada rato. Pero él es un gran mentiroso, y nadie se dio cuenta. Nadie sin mí. Yo dije sí, sin parpadear, los veo todo el tiempo. Y ahora me siento como si nunca me hubieran gustado los colibríes. Hermosos animales. Creí que tenían alas. Por aquí y por allá. Se parecen más a unos brazos. Yo comprendo bien a los colibríes porque en mis sueños necesito salir volando de un espacio angosto, y debo batir mis brazos muy rápido para alcanzar cierta altura e irme volando. Parece que nadie me preguntó por los colibríes. Eres un mentiroso.

lunes, 13 de junio de 2011

Devuelta


Hice un cuento desde donde te miro pasear por mi cabeza. Te ves un poco igual a mí, como cuando yo era una niña que tenía confianza, sabía de dónde venían los sonidos que me daban miedo, y toda la música era nueva. Me gusta verte lejos otra vez y sentirte una persona distinta, que no está cerca de ser como yo, ni como yo cuando era niña. Y no pareces capaz de confiar, pero ya sé que puedes.

jueves, 9 de junio de 2011

Fuego amigo


Seña obscuridad baile parpadeo error. Usted y yo. Usted usted usted. Frío calor rostro mirada manos casa. Cerca camino lejos camino pasos de espaldas. Adios. Hola. Sed mucha sed agua vino té mezcal confusión garganta. Adios. No olvide escribir no olvide. No vuelva a escribir no vuelva. Usted usted usted. Repetir caminar cabeza mirada suelo sombra nada. Ceniza ajena ceniza amarga ceniza hija, no salgas por estos días de tu casa.

domingo, 29 de mayo de 2011

Vértigo


Te puse un nombre en voz baja o fue un dictado ocular o no sé cómo hablar de esto.

sábado, 21 de mayo de 2011

Repeter


Hay un suelo. Con prisa. Un bocadillo a medias que aún nadie embarra por accidente, ni nadie se embarra al hambre. Hay un hambre de la que no sabemos hablar sin mostrar la vergüenza que heredamos. Y una esperanza, de aprender. A decir basta.

Hay un camino, muy claro, cual nuevo. Un hijo único y su padre, el sereno que avisa cada una de las muertes de su pequeño. Así cuándo va a crecer. A decir basta.
El viento borra lo que le da la gana.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Papila



Nacer, abrir el suelo. Desperdigarse en la superficie y ser el suelo. Nacer y crecer espinas. Regar sangre al suelo, pensar en alimento. Nacer. Romper el suelo con hambre. Mirar comer respirar con la misma sangre y hacerse una lengua áspera. Pesar, romperse, morir. Olvidar el hambre. Nacer de nuevo.

martes, 19 de abril de 2011

Boca de piedra


La novela del lobo vino del silencio. ¿Y el silencio? De los labios. Los labios le hicieron una trampa al lobo. Un cortello. Lo guardan dentro. La boca es única en no tener miedo. Los labios saben guardar la novela. Se siente amarga. Toma un sorbo de agua, también beberá el lobo. De noche, de voz fresca y larga, como quien canta desde una cueva inundada, aullaremos.

jueves, 31 de marzo de 2011

Segundero



Usted no entiende lo que yo hago con tal de no leer un poema que me doble las coyunturas hacia adentro. Primero los tobillos, crack, soy una vela vieja que ya se quedó hueca por dentro y me puedo romper desde abajo. Usted no conoce el rostro inocente que tiene el corazón del bicho ladino de mi soberbia. Primer paso: espere el segundo paso. Aquí – le digo, ridícula - los relojes son para dar vueltas y vueltas y vueltas. Usted ha regresado, usted está aquí, y yo no me canso del corto aliento que provoca su presencia: “estoy viva”, quiero decir, en vez de callar todo esto, es decir, por otro lado, gracias por cerrarme la boca un rato.

jueves, 24 de febrero de 2011

Los grillos



Hoy todo terminó más temprano.  Este silencio de trenes lejanos promete ser el último de la temporada. Entonces, cierro la puerta como quien la mide y pongo la música como quien conoce el volumen que la puerta puede soportar. 
Querría que los grillos fuesen así considerados. Querría que esta no fuera la última noche del año en este cuarto. Hace unas horas dije algo muy contrario, pero a quién le importa gastar una explicación (de todos mis años, la mitad he jurado que no voy a gastar ni uno más en explicar nada de mí, la valiente).
Será que es momento para pensar la manera de reparar mi temperamento. Que si hay un problema, que no está en manos de ningún dios. El frenesí de la permanencia, del diagnóstico, de la radiografía, causa y efecto hasta la risa con su comedia.
Estoy preocupada por mi educación. Se lo digo a todos con la mirada, si me lo permiten, les obligo a olvidarlo y reír. Así es como adquiero cómplices para mi ignorancia.

lunes, 7 de febrero de 2011

Trepador


Cojo otoño de las hojas
secas, escapa sin gritar, yo grito
grito gruño, gruño chillo,
el animal que soy no tiene
nervios en las uñas ni en los dientes.

Sólo sabe que hiere por los gritos.

domingo, 2 de enero de 2011

Condenada 2.0


Haré que la madre de ese hombre piense en mí cuando muera. Sí, en el camino de su lecho de muerte a donde sea que deba ir lo que haya de irse desde su muerte.  Pensará en mí como si su mirada (si mirada) se perdiera, y su saliva (si saliva) se volviera apenas un poco ácida. Así, llegará mi nombre a sonar en su mente como si oyera a todos los niños que conoce, uno por uno, decir la palabra tropiezo, sacada de sus diferentes historias reales, entonada a veces todavía como una queja, otras como risa, también como tragedia.
Y mi nombre le prometerá desaparecer, hará de ella una forma dócil e inconsciente de alma en pena: dar vida y robarla de una vez. La madre de ese hombre y mi rodilla imperfecta. La madre de ese hombre y el vaivén de las olas furiosas esta semana. Usted y un recuerdo de su hijo, atrapado en lo sensual, señora; su hijo le ha puesto mi nombre a una piedra pequeña, y la ha lanzado tras de sí camino a su casa.